«"No soy guapo, pero tengo buenos sentimientos"
-Pedrito, 43 años, gordo, huele a caca, con verrugas en el cuello.»**
**Nota: [Si, estoy citando un estado de Facebook (que incluye la seria descripción de Pedrito).
Esa cuenta de Facebook, pertenece a un joven miembro de las nuevas olas adolescentes de neohipsters aburguesados de las metrópolis hondureñas, consumidores de productos apple, incansables catlovers con tendencias bisexuales. Yo, que me identifico más con Pedrito, que con los neohipsters solo puedo pensar una cosa: El muy hijueputa tiene razón, este hecho me atropelló. Decidí buscar y entrevistar a Pedrito.]
Testimonio de Pedrito.
Claro que me encabroné, cuando leí esa mierda que publicó ese güirro culero. No sé ni para qué me lo enseñaste. Mirá, hablando por todos los gordos, los olorosos a mierda, y los de cuello verrugoso debo decir una cosa: Hay muchos de nosotros que no tenemos buenos sentimientos. No los tenemos, estamos llenos de odio.
Y servimos de guardias en las discos y bares en las que te emborrachas, somos los buseros que te llevan a la Universidad, los que trabajan en la carnicería donde tu madre compra tu raquítica ración, el barista que mirás mal cuando no hay leche deslactosada o de soya para tu bebida, los taxistas que te van a dejar al motel barato. Y somos tan sombríos como pendejos y viciosos.
Vivo en una sociedad convulsionada. A diario enfrento el hecho de que estoy muriendo. Me han masturbado el ego desde todas las ramas de la filosofía, sofistas, religiosos, homosexuales lascivos y mujeres feas y gordas Pedritas. Solo estoy cansado, es todo. Me cansé de las versiones románticas de la obesidad, me cansé del indulgente: "Somos como Dios nos hizo".
Entendí completamente, más en mi madurez que en mi juventud, que en todas las cuestiones de la vida hay desigualdad. Social, económica, genética, física y hasta moralmente, unos son mejores que otros. Por razones que no me explico.
Matar a un güirro culero suena fácil, suena a venganza o justicia, que sé yo cual sea la diferencia.
Pero yo no soy un asesino, ni siquiera soy violento. Odioso, tal vez así podría yo definirme. Solo he peleado dos veces, en una ocasión me empujaron, me golpeé la cabeza y lloré; la segunda vez le pegué en el estómago a un negro de mierda que no se bañaba nunca para ir a la escuela, y triunfé.
Crecí para convertirme en esto, en ésta mezcla de hombre y caricatura. (Se toca el pecho). O creo que nunca crecí, ese fue el problema. Me conformé, tuve miedo, y ahora estoy castrado socialmente. La culpa no es de nadie, supongo.
Nunca voy a olvidarme de las miradas en el autobús, cuando incomodo al mundo con mi corpulencia.
Nunca voy a olvidarme la interminable lista de apodos, y referencias estúpidas del estereotipo obeso.
Nunca voy a olvidarme, de hijosdeputa como los que frecuentan la cafetería en la que trabajo, con sus gafas cuadradas y sus teléfonos caros. Con la sonrisa mierda andrógina, que uno no sabe cuál es hombre o mujer, hasta que le da por obsevar si hay o no tetas bajo la camisa floja.
Y nunca voy a olvidarme, de hacerme una paja diaria sobre la leche que piden para sus lattes, niños de mierda.

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