lunes, 27 de enero de 2014

Malditismo en tiempos Hipsters (Una plática con Pedro Aguirre)

«"No soy guapo, pero tengo buenos sentimientos"
-Pedrito, 43 años, gordo, huele a caca, con verrugas en el cuello.»**


**Nota: [Si, estoy citando un estado de Facebook (que incluye la seria descripción de Pedrito).
Esa cuenta de Facebook, pertenece a un joven miembro de las nuevas olas adolescentes de neohipsters aburguesados de las metrópolis hondureñas, consumidores de productos apple, incansables catlovers con tendencias bisexuales.  Yo, que me identifico más con Pedrito, que con los neohipsters solo puedo pensar una cosa: El muy hijueputa tiene razón, este hecho me atropelló. Decidí buscar y entrevistar a Pedrito.]


 Testimonio de Pedrito.

Claro que me encabroné, cuando leí esa mierda que publicó ese güirro culero. No sé ni para qué me lo enseñaste. Mirá, hablando por todos los gordos, los olorosos a mierda, y los de cuello verrugoso debo decir una cosa: Hay muchos de nosotros que no tenemos buenos sentimientos. No los tenemos, estamos llenos de odio.
Y servimos de guardias en las discos y bares en las que te emborrachas, somos los buseros que te llevan a la Universidad, los que trabajan en la carnicería donde tu madre compra tu raquítica ración, el barista que mirás mal cuando no hay leche deslactosada o de soya para tu bebida, los taxistas que te van a dejar al motel barato. Y somos tan sombríos como pendejos y viciosos.

Vivo en una sociedad convulsionada. A diario enfrento el hecho de que estoy muriendo. Me han masturbado el ego desde todas las ramas de la filosofía, sofistas, religiosos, homosexuales lascivos y mujeres feas y gordas Pedritas. Solo estoy cansado, es todo. Me cansé de las versiones románticas de la obesidad, me cansé del indulgente: "Somos como Dios nos hizo". 

Entendí completamente, más en mi madurez que en mi juventud, que en todas las cuestiones de la vida hay desigualdad. Social, económica, genética, física y hasta moralmente, unos son mejores que otros. Por razones que no me explico. 

...Teoría del desarrollo mis estériles güevos... 

Matar a un güirro culero suena fácil, suena a venganza o justicia, que sé yo cual sea la diferencia.
Pero yo no soy un asesino, ni siquiera soy violento. Odioso, tal vez así podría yo definirme. Solo he peleado dos veces, en una ocasión me empujaron, me golpeé la cabeza y lloré; la segunda vez le pegué en el estómago a un negro de mierda que no se bañaba nunca para ir a la escuela, y triunfé. 

Crecí para convertirme en esto, en ésta mezcla de hombre y caricatura. (Se toca el pecho). O creo que nunca crecí, ese fue el problema. Me conformé, tuve miedo, y ahora estoy castrado socialmente. La culpa no es de nadie, supongo. 

Nunca voy a olvidarme de las miradas en el autobús, cuando incomodo al mundo con mi corpulencia. 
Nunca voy a olvidarme la interminable lista de apodos, y referencias estúpidas del estereotipo obeso.
Nunca voy a olvidarme, de hijosdeputa como los que frecuentan la cafetería en la que trabajo, con sus gafas cuadradas y sus teléfonos caros. Con la sonrisa mierda andrógina, que uno no sabe cuál es hombre o mujer, hasta que le da por obsevar si hay o no tetas bajo la camisa floja. 

Y nunca voy a olvidarme, de hacerme una paja diaria sobre la leche que piden para sus lattes, niños de mierda.

Pedrito enciende un cigarro, y sonríe ampliamente, sin aclararme si se trataba de una broma. Pedrito se me figura como un Clemenza inocente y mefistofélico, sacado de los libros de "El Padrino" de Mario Puzo. Nunca voy a saber la verdad, y tampoco nunca voy a volver a beber café con leche, fuera de casa.


lunes, 13 de enero de 2014

Lejos


 a: M.

¿Qué lejanía conocerán los ojos
de distintas ventanas,
si contemplan las mismas resurrecciones?

Estar lejos se viene sobre mí,
como la idea de un animal herido
respirando por última vez,
sin aceptar la muerte.

Estar lejos,
del fuego de la vida
y de los cabellos negros del mundo,
que buscan ser tuyos.

Estar lejos parece inútil,
como vaciarse las venas
en el mar, podrido por la sangre,
de otros enfermos.

Estar lejos,
apagarse,
reír con los carroñeros
y creer que los párpados cosidos
son suficientes para no verte.

Lejos, tan lejos
como para provocar
que otros brazos arrullen tu sueño;
como para herir tu vientre
con mi cráneo consumido.

Estar lejos
como para que no me recordés nunca,
y pasar a ser una cicatriz
que has tenido desde siempre.

Estar tan lejos,
como para no volver a encontrarme nunca
a mí mismo.

Lejos como para no reconocerme
en los rostros de los niños,
ni en los corazones de las madres.

martes, 7 de enero de 2014

La Ciudad (Relato de Victoria Rivera)


Hola, mi nombre es Jorge Luis. Sí, ya sé que sería increíble que mi apellido fuera Borges, pero no, mi apellido es Rodríguez, pero eso no importa, así que comenzaré otra vez. Hola, mi nombre es Jorge Luis, y estoy parado en la cima de uno de los edificios más grandes de San Pedro Sula, decidiendo si salto o no. Desde ya hace un año sufro de depresión, pero no soy un tipo suicida. Hace dos meses dejé de tomar mis medicamentos, porque, a la larga, no sentía que me estuvieran ayudando. Pero bueno, eso tampoco importa.

Muchas veces he venido hasta acá, intentando saltar, pero al estar aquí, donde se puede ver clara gran parte de la ciudad, siempre se me quitan las ganas de saltar; sería ridículo manchar una parte de San Pedro con mi sangre. Si usted estuviera aquí también lo creería. La ciudad se ve hermosa desde aquí, quiero decir más hermosa. Algunas veces vengo de noche y se ven las luces de la ciudad, es algo que sólo viéndolo desde aquí se puede creer. No sé si sea porque es mi ciudad, pero siempre he sentido que San Pedro me llama, es algo mágico. Cuando uno se sienta en el parque, puede sentir la brisa que canta.

Hace tiempo mi familia se fue a vivir a la ciudad más importante del país, bueno, eso políticamente hablando. Yo no pude pasar más de una semana allí, soñaba con San Pedro, sentía como me llamaba, y decidí volver. Ahora vivo solo.

La brisa de esta ciudad tiene un aroma de grandeza, de avance, de progreso, por algo la llaman la Ciudad del Adelantado. Me gusta caminar por la calle del Mercado Guamilito y ver a los extranjeros; más de alguna vez he platicado con alguno, bueno, medio platicado, yo no hablo muy bien el inglés, pero con lo poco que entiendo me doy cuenta de que realmente les gusta San Pedro.

Trabajo en una empresa donde se fabrica plástico, y me encuentro con muchos inversionistas que alaban a la mujer sampedrana. Hace unos meses llegó una chica nueva a la empresa. Se llamaba Claudia y era muy hermosa. Ahora vive en Noruega porque uno de los empresarios se enamoró de ella y se casaron; y así he visto muchos casos.

No sé por qué será, pero al estar aquí uno puede ver la ciudad más clara. La Catedral se ve majestuosa. A veces, lo único que no me gusta es que muchos de los edificios están manchados con la “libre expresión”, que a mí en lo personal me parece vandalismo, pero eso no viene al caso ahora. En cuanto al calor que se siente aquí, si me preguntan, vale la pena soportarlo por tener la dicha de vivir en San Pedro.

Pero ya basta de hablar de la ciudad, les estaba contando que sufro de depresión. Muchas veces suelo ir al Mario Catarino Rivas a charlar con el psiquiatra que me atiende. Él no sabe que ya dejé de tomar las pastillas y es mejor que no lo sepa. La sala de espera está llena de personas realmente interesantes, pero no esa clase de personas interesantes que la mayoría de gente cree conocer, personas que se jactan de ser grandes filósofos, amantes de los libros, músicos y  artistas con aire de superioridad, como si nadie más en el país leyera libros o tocara la guitarra o pensara, y son peores los que andan con un libro bajo el brazo y pueden pasar los meses y siempre les vas a ver el mismo libro con el separador en la misma página. Eso es lo malo de vivir en un país donde la cultura es poca, la minoría que hace algo de cultura o que finge hacerla, se cree mejor que el resto. Yo, si se puede decir, me considero un gran lector, y sí es cierto que uno se siente mejor sabiendo que tiene un poco más de cultura que otros, pero no por eso uno va a andar alardeando. Yo dejo que la gente se dé cuenta sola, cuando uno realmente es algo, la gente lo nota pronto.

Entonces, les comentaba que la sala de espera, en el área de psiquiatría del Mario Catarino, es una zona donde se puede conocer gente realmente interesante. Hace poco conocí a una chica que había perdido la memoria. No recordaba absolutamente nada y yo no recuerdo su nombre. Me pregunto por qué las personas que pierden la memoria no lo pierden todo, como empezar de nuevo, comenzar a aprender la lengua o los nombres de los colores. Sólo por poner un ejemplo, también hace un par de meses conocí un muchacho con bipolaridad. Hablar con él fue una de las charlas más interesantes que he tenido en mi vida. También conozco una niña esquizofrénica. Su madre me contó su historia y ella se veía feliz hablándole a sus amigos que nadie más podía ver; yo no digo imaginarios, simplemente creo que ese tipo de gente puede abrir otros portales y pueden ver gente de otras dimensiones que nosotros, por simplones, no logramos ver. Siguiendo con mi lista, me encontré con una esquizoide. Realmente con ella no hablé mucho, primero porque sentía que no me ponía atención, y luego porque ya era mi turno de pasar a consulta.

Cuando salgo de mis citas con el doctor, siempre me gusta ir a Galerías del Valle. El boulevard que te lleva ahí es uno de los más bonitos que tiene esta ciudad: al fondo se puede ver la Universidad Autónoma, que es donde yo, hace un año, estudiaba letras. Ahora, con la depresión y todo eso, sólo me siento bien cuando me paro aquí y pienso en saltar. 

Ya ha comenzado a oscurecer, intento cerrar los ojos y ser uno con la ciudad. Quiero oírla cantar, eso me calma, quiero sentir el olor de San Pedro, que es entre dulce y fuerte, como una fresa, o como el olor del melón, como un mango maduro, eso que se mezcla con el olor al progreso. Siento a San Pedro entrar en mis pulmones, me siento mejor, siento cómo recorre mis venas y sale por mis ojos, que aún siguen cerrados. Oigo cantar la ciudad, que es la voz de una soprano; escucho los violines, chelos, contrabajo y piano. Hablando de sopranos e instrumentos de orquesta, hace unos días fui al teatro Saybe, a ver una ópera. Había una soprano muy linda y me puse a pensar que en ella podía ver la ciudad. Cuando me  acerqué a ella sentí su olor dulce y contemplé su hermosura. No sé si es por ella que me imagino a San Pedro como una soprano, tal vez sí, porque cuando digo que San Pedro es una soprano, efímeramente se cruza la imagen de ella por mi cabeza.

Pero dejando eso a un lado, les decía que estar aquí con los ojos cerrados cuando la noche cae, es el momento más delicioso que pueden pasar si algún día vienen a San Pedro. La ciudad, aunque tenga un aroma dulce, tiene un sabor distinto, que es como si se comiera un buen corte de carne, como si fuera una parrillada. Hablando de parrilladas, la última vez que mi familia vino a San Pedro, después de haberse ido para la otra ciudad, mis hermanos hicieron una parrillada. Mi hermana menor, que se llama Xiomara, me rogó que la dejara quedarse conmigo. Yo sé que realmente por lo que quería quedarse es porque extraña mucho a un cipote que es su novio. No sé qué le ve Xiomara. Ella siempre fue halagada por todos en el barrio, y aunque soy hombre, he de admitir que muchos de sus pretendientes eran muy bien parecidos, pero ella se quedó con un flaco, de piel no muy bien bronceada, por no decir quemada y percudida; su cara tampoco ayudaba, y a mí no me agradaba, así que le dije a mi hermana que no podía quedarse. Recuerdo que me miró con furia y se fue a llorar. Cuando mis otros hermanos nos llamaron para comer, todos nos reunimos en el patio de la casa. Mi hermano mayor, Ernesto, se levantó la camisa y me mostró el nuevo tatuaje que se había hecho. Yo le dije que muy pronto no iba a tener más piel donde tatuarse. Él me dijo que yo era un cipote muy aguafiestas. Mi madre, por otra parte, estuvo insistiendo para que me fuera con ellos, pero aunque el clima allá es mejor, yo tengo lazos con San Pedro. Recordé la 3era Ave., grande, con gente caminando de un lado a otro, entrando y saliendo de las tiendas; recordé la estación del ferrocarril y Circunvalación, una de mis calles favoritas, y entonces, cuando uno piensa en esos lugares, se da cuenta de que sería inútil que mi madre me insistiera tanto.
También, entre tantos temas que tocamos esa tarde, mi madre me preguntó por las pastillas. Yo disimulé y le contesté que sí me las estaba tomando, y luego cambié de tema. Les pregunté a mis hermanos si habían visto las nuevas remodelaciones de la terminal de buses. Todos comenzaron a emitir juicios sobre la terminal, y en resumen, a todos les había encantado.

Uno de mis hermanos hizo el comentario de que yo tenía una pequeña obsesión por San Pedro Sula, a lo cual yo sólo me reí y dije: “Es que no conozco otra ciudad”. No le iba a revelar que la obsesión tan extraña que tengo con esta ciudad, llega al punto de verla como una soprano; eso es extraño. Mi hermano respondió que si no conozco otra ciudad es porque no soporto más de una semana lejos de aquí, y mi madre volvió a insistir en que me fuera con ellos. Yo realmente me comenzaba a fastidiar, si ellos querían vivir allá, está bien, pero si yo quiero vivir aquí, eso también deberían respetarlo. Xiomara, como estaba molesta conmigo, le dijo a mi madre que dejara de insistir, que yo era un hijo de puta obstinado. Mi madre le llamó muy fuerte la atención por usar esa frase. Yo me le quedé viendo y le sonreí, tras lo cual ella se fue llorando para adentro de la casa. Xiomara llora mucho cuando no se le deja hacer lo que ella quiere.

Mi hermano Julio es el más inteligente de los cinco, y eso ninguno de nosotros lo podemos negar. Cuando vamos a alardear de inteligencia, siempre decimos “después de Julio, yo soy el más inteligente”. Bueno, Julio me comentó que él también estaba pensando seriamente en volver a San Pedro. Yo siempre sospeché que fue por su influencia que me obsesioné con la ciudad. Cuando Xiomara oyó a Julio decir eso, salió de la casa, secándose las lágrimas y pidiéndole a mi madre que la dejara venirse con Julio. Mario, que es el segundo hijo de mi madre, se levantó y le dijo a Xiomara que dejara de molestar, que ella debía ayudar a mi madre, ya que era una señora de mucha edad. Mario, aunque no es el mayor, es siempre el más serio y maduro; casi nunca habla, pero cuando lo hace, usted se da cuenta que no habla en vano. Yo, por mi parte, me sentí bien con la idea de tener a Julio en casa. Aún recuerdo los días en que Julio me llevaba al parque de San Pedro y yo corría hacia la fuente, y luego caminábamos por la calle peatonal y él me compraba un helado de chocolate, siempre de chocolate. Otras veces me llevaba a caminar a la colonia Juan Lindo. Allí tenía una novia, que fue tal vez la mujer de su vida, pero un día, por robarle el auto, le dieron un disparo y falleció. Julio no volvió a tener novia durante dos años, hasta que conoció a una ceibeña llamada Cristy, que era linda, pero a Julio no se le notaba aquella alegría de cuando estaba con Karla. Pero eso pasó hace mucho, ya ni Karla ni Cristy importan.

Yo una vez estuve enamorado de mi profesora de inglés, pero era un amor platónico, no tenía lugar en el mundo tangible. Además, apenas tenía quince años y ella unos 30. Venía de Choloma a dar clases. Una vez fui a su casa, mi madre le pagaba horas extra para que yo aprendiera inglés. Mis cuatro hermanos, desde pequeños, hablan perfecto el inglés y a mí me cuesta mucho. Entonces, les contaba de cuando fui a visitar a mi maestra. El Boulevard del Norte, que es el que va hacia la salida a Choloma, es uno de los mejores, tal vez por eso me gusta tanto ir a Galerías del Valle, porque me gusta todo lo que va más al norte; me gusta la fuente que hay por allí, la cual se parece a la fuente del Monumento a la Madre. Bien, no divago más. Fui a la casa de la maestra, ahora no recuerdo su nombre, o sí lo recuerdo pero no lo quiero mencionar, ella me sirvió agua cuando llegamos y se disculpó por tener que darme la clase en su casa. No recuerdo por qué tuvimos esa clase en su casa, pero luego de esa vez nunca volví allí, a pesar de lo cual a veces me gustaba tomar un bus hacia Choloma e imaginar que iba para allá, aunque siempre me bajaba en la Fesitranh y luego tomaba otro bus que me llevara a mi casa. Lo único bueno es que disfrutaba todo el recorrido por el Boulevard del Norte.

Eran buenos tiempos, la ciudad aún era virgen para mí, había tantos lugares que no había visitado en San Pedro. También recuerdo un día que me escapé del colegio con unos amigos. Ellos iban a fumar lejos. Caminamos por la calle que pasa por el colegio Cultural Sampedrano y unas cuantas calles más arriba, encontramos una pulpería, donde mis amigos encendieron los cigarros. A mí me parecía estúpido caminar tanto sólo para fumar, pero siempre los acompañaba porque justo en esa parte oía el corazón de la ciudad; no sabía dónde estaba, pero me conformaba con oírlo, porque eso significaba que la ciudad estaba viva y me estaba llamando. Entonces cerré los ojos para oír mejor y caminé con los ojos cerrados como si fuera un ciego, cuando oí un grito de uno de mis amigos:

-¡Quitate pendejo, que te va a matar un carro!

Abrí los ojos y me descubrí cruzando la calle; y aunque oía mejor el corazón con los ojos cerrados, eso era un problema, porque mi amigo tenía razón, yo no podía caminar por la ciudad con los ojos cerrados.

Pero esas historias son de hace tiempo. Ahora estoy en uno de los edificios más altos de San Pedro, tengo los ojos cerrados y, como les dije antes, siento la cuidad dentro de mí, me recorre la sangre y no puedo pensar en nada más que sólo en la ciudad; es como si la ciudad me poseyera y no quiero resistirme, la dejo entrar por mi olfato, por mi oído, por mi gusto, por el tacto y por la vista, aunque tenga los ojos cerrados, la dejo entrar hasta mi mente, y puedo oír que la ciudad me consuela, me dice que no la manche con sangre, y yo sólo le respondo que aún no decido si saltar o no.

Cada vez que vengo hasta aquí es lo mismo, no sé cómo, pero la ciudad, mi soprano, logra convencerme de no saltar, y yo siempre cedo, aunque esta vez tal vez sí salte. Oigo a la soprano y se me cruza por la mente el Boulevard del Sur, que también es hermoso, aunque un poco vacío. Abro los ojos y veo que ya es de noche, y pienso que tal vez la ciudad, cegada por la oscuridad, no vea cuando salte, y así no pueda evitarlo. No estoy seguro de saltar, aún no me he decidido, pero todo esto que conté no importa, así que empezaré de nuevo:

Me llamo Jorge Luis, estoy parado en la cima de uno de los edificios más grandes de San Pedro Sula, decidiendo si salto o no.

Victoria Rivera

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Desconocerse

Estoy harto de los espejos
que no distorsionan lo suficiente.
estoy harto de los perfumes inútiles,
y de los vasos sanguíneos dilatados.

Soy la envidia pedregosa
hiriendo mis propios pies,
mi risa es el latente hervor añejo
de mis capacidades atrofiadas y
de mis sueños enterrados.

Pausa  (para ascender)
Siempre los veo, cierro mis ojos
y los veo: animales perfectos  de alas magnas,
alas con las que vuelan en una sombría dulzura.
Son dioses encarnados.
Y los veo con ésta lejanía marginal,
tan mía como todos mis muertos.

Predigo cada movimiento
de los dioses-animales,
ésta aguda visión de nada sirve.
¡Y heme aquí!
Con la voz quebrada y
la brea casi inocente en los pulmones.

No verán jamás sus pupilas titánicas
uno de mis vuelos placebo,
bajo sus alas maternales
ni bajo sus cinturas belicosas.

No podría el cielo,
sostenernos juntos.
No podría nadie
soportar tanta grandeza manchada.

Tal vez no sucede nada,
en  esta deformidad vitalicia de mis pensamientos.
Solo es que estoy harto de los espejos
que no distorsionan lo suficiente.


A los burros les gusta la sal. (Testimonio en caída libre) 28 de noviembre de 2013


Recuerdo claramente, cuando los albañiles que construyeron la que sería nuestra nueva casa, trabajaban bajo el sol, escuchando música gracias a una grabadora marca Sony de mi papá, que vomitaba incansable  old school bachata. Recuerdo sobretodo, sus pláticas donde la mujer era lo mejor y ser mujer era lo peor, su particular jerarquía basada en la audacia con que se respondía un insulto.

“a los burros les gusta la sal” dijo E. , El maistro de obras de la construcción, un mediodía de sopa de res, tras observar al más idiota de sus ayudantes: C.C, sumergir dos cucharadas de sal en su plato de sopa. C.C. acostumbraba a hacer lo mismo casi todos los días, sin inmutarse ante las leves risas de sus compañeros, luego se quejaba de lo salado de la comida y sonreía como el más satisfecho de los idiotas cuando le decían burro.

Ahí aprendí la primer lección (sin saber que era una lección de muchas por venir) sobre lo estúpidos  que solemos ser, nosotros los animales pensantes que nos vanagloriamos de miles de años de evolución.  Sigo pensando que algún día vamos a despertar.

Creo que yo soy tan estúpido como  C.C.,  con su mirada torva y su bigote púbero de espinas de sardina, maloliente y sumiso hijodeputa que jugaba mejor al Nintendo 64 que yo, aunque nunca lo dejé jugar con mi Nintendo, el maldito se sabía todos los trucos y todo lo que pasaría más adelante en cada parte del juego. Sé que por eso empecé a odiarlo un poco. Creo que todos somos tan estúpidos como él, solo que aprendemos a disimularlo. Todos le echamos dos cucharas de sal a la sopa y luego nos quejamos, solo que ciegamente hacemos lo primero y ruidosamente lo segundo, aunque no todo el tiempo sea sal ni sopa.

"Tal vez necesite un viaje astral, o experiencia extra corporal, como querás llamarle, para ver si realmente soy tan pendejo o es mi imaginación."

  Me gustaba repetir ese tipo de mierdas frente al espejo, cada vez que me sentía enamorado. Palabra de mierda E-NA-MO-RA-DO. Si, sabía que lo estaba, no había una noche en que no pensara en ella, me memoricé la forma en que movía sus manos al hablar, también la posición de sus dientes, el segundo a la par de la primer muela izquierda estaba un poco torcido, sin embargo, si me lo preguntaran a mí, no se lo cambiaría. También pensaba en cómo había conocido mujeres más inteligentes, más alegres, más dispuestas a tomar mi mano y/o a revolcarse conmigo en algún Motel de bajo costo, pero ninguna me importaba y a ninguna determinaba, porque en el fondo yo sabía que ninguna era como ella.

 “A veces me asombro de las mariconadas que decís”.  Otra frase del monólogo frente al espejo, últimamente los tengo más seguidos.

A veces pienso tanto en ella, que creo que empiezo a confundirla con mis otros problemas, debo enfrentarlo, no tengo metas. No quiero una casa, no quiero un automóvil, no quiero vacaciones en Miami Beach. Quiero estar borracho, marihuaneado, lleno de comida, y si es posible, entre las piernas de una puta, pero sobre todo quiero morirme en medio de todos esos estados de placer infinito.

“¿A quién engañas? Nunca contratarías una puta, sos un maricón y no te gusta usar a las mujeres. Feminismo de mierda.” Otra sonrisa torcida frente al espejo.

Creo que todo lo que me falta, lo tiene ella. No sé cómo, ni por qué. Pero sé que si ella aceptara mi amor, todo mejoraría. Creo que ella tiene la culpa de mi falta de amor propio, creo que ha jugado un papel importante en mi disfunción eréctil cuando intento masturbarme. Sigo cansado de vivir.

Siento que nada vale la pena, todo se acaba, la memoria se extingue, el dolor no tiene sentido, nada concebible en mi realidad tiene un propósito, la vida es una constante búsqueda de distracciones mientras la muerte llega. Morirse no es un opción, es una obligación.

Morirse de amor, ¿habría algo más estúpido? Nadie se muere de amor, solo las personas dependientes, y se mueren porque son débiles mentales. Si, eso creía en un punto de mi vida. Y de hecho no voy a morir de amor, o mejor dicho no estoy muriendo de eso. Estoy muriendo porque me aburrí de vivir. Decidí tragarme los antidepresivos de todo el mes. Morir soñando. No sé si fue la mejor decisión, pero sé que voy a estar tranquilo. El infierno es una leyenda para asustar a los niños que dicen mentiras, (niños que crecen sin dejar sus temores atrás). Voy a morir y pasaré a la no-existencia. Todo estará bien.

A los burros les gusta la sal. Solo que a donde voy, no podré quejarme. 

De cuando te confesé mi amor por vigésimo segunda vez.




las fibras de la noche se rompían,
todo era cristal,
agudo, afilado
fuego líquido en las venas.

Yo ofrecí risas vacías
y vos sleeping pills con un beso de píxeles
La noche, desbordó su contenido
y el contenido era yo,
con una piel de amor estéril.

Yo que nunca aprendí a callarme,
confesé: Estoy enamorado.

Tengo muñones cicatrizados por piernas,
y necesito correr
para alcanzar tus últimos pasos
de Titánide.

Necesito alas para desde arriba
pensar por un tiempo
que la vida es un accidente y
también
es un poco más que una mierda invivible.

Pero sigo arrastrándome sobre mi vientre,
sin alas, ni piernas, ni corazón que valga.
y sobre todas las cosas
sigo sin alcanzarte a vos.

Sueño para una mujer triste

A: M.J.H

Si supieras,
cuanto duelen tus lágrimas azuladas de olvido,
si vieras como se vuelven bestias confusas
que destrozan mis murallas arrogantes,
ahora vueltas papel,
por tus ojos negros nocturnos.

Si entendieras que tu tristeza
arde en mí, multiplicada.
Si quisieras arroparme,
en tus oscuras aguas alejandrinas
en lugar de dejarme desangrado en la orilla,
yo sería el suicida más gentil,
que tus manos hayan conocido.

Si de tu boca salieran para mí
las palabras que ajenas
se pierden sobre los mares,
dejaría olvidado mi temor al olvido,
a la muerte.

Si sonrieras de nuevo,
valdría la pena que la luz entrara a mis ojos,
para contemplar los edificios en llamas,
de las ciudades remotas que ocultan la poesía del odio,
la belleza venenosa de tu amor por otro.

Si algún día ves bajo tus pies,
a mi piel, que tanto tiempo quiso ser abrigo
y  el asco no es quién invade tu pecho,
Sino, la melancolía de quién recuerda a un inútil,
voy a tender el vuelo,
a morir conforme,
como el cuervo, no el hombre,
que debí ser desde hace tantas lunas.

Cuando así lo quieras

 a: A.R.
Te voy a sacar de aquí…
Despertaré tu conciencia dormida
Para que veas a tus héroes
Convertidos en mierda dura y abundante
Abrazada a los intestinos del Universo.

Voy a tocar los dedos de tus pies,
Y a reprimir todos mis impulsos,
También te prometeré eternamente
No ser tu amigo, ni darte importancia.
Y decirte que lamento mucho tu existencia
(Está cloaca no es para vos, Nunca lo fue)

Voy a arrepentirme de haberme arrepentido tanto
Y de haber amado tan poco.
Voy a verte llorar la muerte del Sol,
Del mito, el incendio en el cabello largo,
Que lame una espalda pálida,
Desnuda de toda maldad.
Oxidaré las fauces metálicas del desvelo
Para borrar sus mordidas brutales
A tus decolorados labios.

Cuando así lo quieras,
Te diré mi nombre,
Y desangraré el indómito deseo
De tus manos en mi rostro.

Poema para tus ojos inmóviles.


Intento explicarte un vacío,
Disculpar todos mis errores en la desigualdad social,
O contarte un cuento, donde para variar,
El héroe es un obeso maricón.

Fumo y veo una de tus fotografías,
De esas que ya viven memorizadas en mí.
Veo tus ojos inmóviles,
Como planetas distantes
que contemplan mi pequeñez,
mi talento para ser patético.
Y esas flores enfermizas por labios,
Pétalos rosas de placeres incoloros
 que ahogan mis palabras.
Ya no tengo nada que explicarte.

Parecen más dolientes
Los que no conocen al difunto,
Parecen más vivas sus lágrimas
Y más entrecortadas sus voces.
Yo no estoy lejos de ellos,
Te amo, con el amor más profundo
Que pueda surgir entre dos desconocidos.

 Mi amor,  son muchas cosas
Las que oscurecen mis intenciones de niño:
 son tus nalgas de nácar mitológico
Tus lunares como puntos en un mapa
Que solo recuerdo cuando estoy ebrio,
 la manera estúpida en que decís:
“¿Cómo así?”
Cuando te hablo de cualquier cosa.

Aquí adentro también llueve,
Pero mi lluvia ya no es triste,
Ni tu ausencia es la ausencia que destroza mi cordura,
Ni las lágrimas te tienen como inspiración,
Juntos solo somos retazos de un dolor más grande,
Solo somos sueños.

Número lacrimal


¿Cuántas veces a través del tiempo,
Que vigila como un testigo olvidado,
He llorado entre tus piernas?
¿En cuántos infiernos sin alas,
Te he buscado?
No puedo explicar que hago
Retorciendo tu ausencia
Para que se maquille de piedad,
Llenando mi equilibrio
De tus gemidos húmedos,
Bautizando en miel lastimera
Al azar que manipula este túnel,
Esta ironía poética  que  es mi vida.

¿En cuántos espacios quietos?
¿En cuántas vorágines  alcohólicas
Lloré por el fulgor silencioso de tu piel?
Fibra sacra
Que enerva mi locura profunda
Siquiera por un momento,
Siquiera por un latido.

Muerte soy,
Muerte alimento, ofrenda, combustible.
Es todo lo que veo,
¿y que alternativa dejan,
Tus deseos que lamen oídos impuros?
 Y mi lengua no encuentra derecho
Ni coherencia
En pedirte que ames a la sangre espesa que me transita,
A mi inmundicia,
A mi piel negra de cicatrices,

Y  mis labios unidos con un cerrojo carnívoro,
Absorto en su propio silencio,
como un dios sordo e inaudible,
me permiten este espacio,
en el cual te veo, y no te ensucio con palabra alguna,
Porque conozco enteramente tus motivos,
Porque yo mismo te los recitaría,
Porque si yo fuera vos, tampoco me amaría.

Madrugadas que sangran
Para satisfacer al  vampiro interior
Al compás de mi enfermedad,
La danza ardiente de las neuronas
Se viola de pastillas,
Pero no deja desnudar mi memoria
De los harapos tormentosos de la imaginación.
Del futuro que hoy se ve tan probable.

Labios verdes


En tu rostro atornillé mi mirada
En el conjunto doloroso que forman tus labios
En la boca temblorosa
Que jamás volveré a dibujar

Tus labios no pueden ser rojos
Porque la pasión les es negada,
Ni rosada inocencia,
Ni morboso azul necrófilo.

No reflejaron para mí, tus labios torpes
Otra cosa que el verdoso e imaginativo
Tono de mi piel
Cuando llené las venas de fango
En ausencia de sangre.

No rebusqué justicia
En el frenesí sensual
De nuestra distorsión
De las búsquedas opuestas
Que ahora se pudren en féretros incómodos.

Y es que la tibieza
De tus labios verdes
Enfermos, insípidos
Me hicieron convertirte
En un error bestial.
Ahora yaces en las sombras,
Anónima, erotizada por el olvido
Como un recuerdo apagado
Como un malentendido
Vagamente agradable.

Antes del sueño


Familiar pesadez de los párpados
Coquetear con un abismo de humanidad
Un mechón de pelo sucio
Juega con la paciencia de mi mejilla.
Quiero frenarlo todo,
No pensar, detenerme,
Ser un feto, un parásito
No pensar.

Siento el vómito ácido en mi garganta,
Subiendo, quemando
Como un lago ígneo
Soñado en mitologías arcaicas.

Hiel, una caricia agria;
Y en la piel confusa,
Las terminaciones nerviosas se multiplican.
Ser el espacio entre los dientes y la carne.
Volverse el hilo de sangre
Que amarra los gemidos.
Ser, no existir.
Un poco más de hiel para despertar.

Es delicado y no menos absurdo
El equilibrio mórbido,
No querer morir,
Pero: ¡Carcome tanto esta vida!

Metamorfosis del universo,
Dolor acuoso pujante
De mis manos vuelan cuervos,
De mis ojos cristales alcohólicos
Y en mi lengua retoza
Una orgia de ideas
Abstracciones tiernas de lactancia suicida.

Maderos húmedos, salitrosos
Conforman esa puerta
A través de la cual entra el desfile del daño.
Portal inamovible, perverso
¿Quién te abre, bufón de la ciencia,
Que tomas forma, solo para tragarte la luz?
La poca luz, robada e incrustada de uñas.

Oscuridad, triste oscuridad
Es saber que no hay motivos
Para estar ciego,
Es atestiguar una decadencia
Que solo se necesita a si misma

Y sin embargo,
Permanecer a su merced.

Una promesa para no cumplir


Yo podría,  remover  la máscara
Y regalarte la verdad oculta en  cada verso,
Podría gritar tu nombre,
Con esa voz que no transita la garganta
Sino con el turbio y mudo lamento de la mirada.
Y decir que te necesito de una manera enfermiza
Maquillada como  romántica.
Travestida, sangrante
 Amorfa manera de necesitarte.

Podría mentirte tan bien como me miento
y tal ves funcione,
Podría convencerme de convencerte
Que esto es real,
Que el amor que trato de ofrecerte
No es el hijo bastardo del despecho
De una soledad que me abandonó hace tiempo.

sin la soledad, deambulo errante
apagando con mi aliento
cada llama de esperanza.
así mi carne busca abrirse heridas
con el cristal agudo de tus silencios.

Podría convencerte que no estoy usándote
Y podría llegar a creerlo yo también.
pintar futuros utópicos
con pinceles empapados en rutinas
y que sea un pírrico esfuerzo
En nombre del engaño.

Fumarme la jodida tristeza
Ficticia y dulce
De no dar dos pasos
Sin tomarte de la mano,
Pasando la lengua libidinosa a los clichés
Podría venderme la idea que eso es lo que quiero.
Para que así,
solo así, ¡Santa e ilusa!
Me odies como yo necesito que lo hagas
Con ese odio tan cercano
Al amor que me enseñaron a desear.
¡Déjame creer que te quiero!
y así ver tu pasos cada vez más pequeños
para estar solo y completo de nuevo.

Dolor Antinatura

Mi dolor no tiene forma
Ni rostro,
Mi dolor no existe,
Pero lo siento aquí,
Tan dentro y real
Como la muerte momentánea del sueño.

Mi dolor marcha hacia atrás,
Se arrastra y se rompe
Pero no se va,
Se esconde y me olvida
Pero yo jamás lo olvido a él.

Mi dolor, ¡este dolor!
Es la visión claroscuro de un anciano
Que recuerda y llora,
Lo vivido en ilusiones.
Este dolor pálido
Perfora mi oído con su aliento gélido.

Mi dolor es anti natura
Porque es muerte viviente
O vida moribunda.
Se encierra en el deseo
Y en no saber lo que quiero.

Mi dolor es haber dejado de soñarte
Y comenzar a verte.
El dolor es que existes, más hermosa
Que en mi esperanza.
Mi dolor me pide rogar un amor
Y más en el fondo,
Rogar que nada suceda.

Mi dolor es el dolor animal,
Asimétrico y egoísta
Con su adicción a la mirada empapada,
A la tristeza preñada de errores.

Mi dolor se sienta a un lado de la vida
Y sigue al amor,  a través de los ojos.
Mi dolor cobija al insomnio,
Y arrulla a las ganas de saltar
A un sueño eterno.

Mi dolor descansa,
Y sonríe en su tumba
Cuando de tus dedos rosas
Se escapa mi nombre.




Mirada Interior

Petrificado el cuerpo
Cuando el alma se agita en ausencias;
De motivos,  de rostros
Y de sí misma.

El silencio cobija lo que siento,
Un silencio del que emana
El  olor, (tan familiar)
A sangre, a incendio,
A dolor sin motivos.

Confuso, Morfeo se esconde.
 ¡Y vos!, baja curva del trastorno
Me presentas en el espejo nebuloso de la memoria
Envejecido, roto
Violento y descompuesto.

Agua fría golpea mis ojos,
Quiero anular el letargo de los nervios,
Solo reconozco, temblando
A Mi identidad evaporada,
Que Se embriaga de tu voz,
Sedosa en mi piel malsana.

Acunada, finges dormir
En mi lóbulo, en mi boca,
En el sexo abierto.
Con el veneno brotando de las encías
Muerdes, ¡desgarras!
Lames las heridas
Y te alimentas del tejido que quiere ser cicatriz.
Transpiras tu licor y
Adormeces mi conciencia.

No quiero llorar en ningún cielo,
Te llamo, rogando que renuncies a esto,
Que sigas los pasos que te trajeron,
Para que no alejes al sueño
y no ates  más mi voluntad, a tus infiernos.
No puedo decirte adiós
Sin caer en las mentiras:
¡Depresión Hijadeputa!

Solo ansío ver  tu muerte.

Inmóvil Sol Secreto


y el centro de su atracción es su sexo, oculto, pasivo” –Octavio Paz

Nací de vos
Y hoy con cuchillos por dedos
Quiero destrozar todo
Lo que los poetas te han hecho.

Nací de tu sexo
Llene mis entrañas del calostro hermético
Que emanaba de tus fuentes,
De tu sangre, de cada sueño al que renunciaste.

Te hice diosa,
Y blasfemé contra vos.
Te hice virgen
Y deposité a mi propio Mesías en tu vientre.

Puse cadenas a tus muñecas,
Te condené,
Porque decidí amarte sin tu consentimiento.

Creé sociedades que glorificaron tu cuerpo
En versos de mármol,
Y que comprometieron tu derecho
A ser más que una musa.

Te construí tantas veces,
En mi ceguera, en mi renuncia al canibalismo,
Como un ser inmóvil, que no busca
Que no siente, que no escucharía jamás
Las llamaradas de mi lengua y de mi pluma.

Lo que te ofrezco no es una disculpa,
No es un perdón tembloroso,
Solo te regalo, unas líneas de conciencia.


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