martes, 7 de enero de 2014

La Ciudad (Relato de Victoria Rivera)


Hola, mi nombre es Jorge Luis. Sí, ya sé que sería increíble que mi apellido fuera Borges, pero no, mi apellido es Rodríguez, pero eso no importa, así que comenzaré otra vez. Hola, mi nombre es Jorge Luis, y estoy parado en la cima de uno de los edificios más grandes de San Pedro Sula, decidiendo si salto o no. Desde ya hace un año sufro de depresión, pero no soy un tipo suicida. Hace dos meses dejé de tomar mis medicamentos, porque, a la larga, no sentía que me estuvieran ayudando. Pero bueno, eso tampoco importa.

Muchas veces he venido hasta acá, intentando saltar, pero al estar aquí, donde se puede ver clara gran parte de la ciudad, siempre se me quitan las ganas de saltar; sería ridículo manchar una parte de San Pedro con mi sangre. Si usted estuviera aquí también lo creería. La ciudad se ve hermosa desde aquí, quiero decir más hermosa. Algunas veces vengo de noche y se ven las luces de la ciudad, es algo que sólo viéndolo desde aquí se puede creer. No sé si sea porque es mi ciudad, pero siempre he sentido que San Pedro me llama, es algo mágico. Cuando uno se sienta en el parque, puede sentir la brisa que canta.

Hace tiempo mi familia se fue a vivir a la ciudad más importante del país, bueno, eso políticamente hablando. Yo no pude pasar más de una semana allí, soñaba con San Pedro, sentía como me llamaba, y decidí volver. Ahora vivo solo.

La brisa de esta ciudad tiene un aroma de grandeza, de avance, de progreso, por algo la llaman la Ciudad del Adelantado. Me gusta caminar por la calle del Mercado Guamilito y ver a los extranjeros; más de alguna vez he platicado con alguno, bueno, medio platicado, yo no hablo muy bien el inglés, pero con lo poco que entiendo me doy cuenta de que realmente les gusta San Pedro.

Trabajo en una empresa donde se fabrica plástico, y me encuentro con muchos inversionistas que alaban a la mujer sampedrana. Hace unos meses llegó una chica nueva a la empresa. Se llamaba Claudia y era muy hermosa. Ahora vive en Noruega porque uno de los empresarios se enamoró de ella y se casaron; y así he visto muchos casos.

No sé por qué será, pero al estar aquí uno puede ver la ciudad más clara. La Catedral se ve majestuosa. A veces, lo único que no me gusta es que muchos de los edificios están manchados con la “libre expresión”, que a mí en lo personal me parece vandalismo, pero eso no viene al caso ahora. En cuanto al calor que se siente aquí, si me preguntan, vale la pena soportarlo por tener la dicha de vivir en San Pedro.

Pero ya basta de hablar de la ciudad, les estaba contando que sufro de depresión. Muchas veces suelo ir al Mario Catarino Rivas a charlar con el psiquiatra que me atiende. Él no sabe que ya dejé de tomar las pastillas y es mejor que no lo sepa. La sala de espera está llena de personas realmente interesantes, pero no esa clase de personas interesantes que la mayoría de gente cree conocer, personas que se jactan de ser grandes filósofos, amantes de los libros, músicos y  artistas con aire de superioridad, como si nadie más en el país leyera libros o tocara la guitarra o pensara, y son peores los que andan con un libro bajo el brazo y pueden pasar los meses y siempre les vas a ver el mismo libro con el separador en la misma página. Eso es lo malo de vivir en un país donde la cultura es poca, la minoría que hace algo de cultura o que finge hacerla, se cree mejor que el resto. Yo, si se puede decir, me considero un gran lector, y sí es cierto que uno se siente mejor sabiendo que tiene un poco más de cultura que otros, pero no por eso uno va a andar alardeando. Yo dejo que la gente se dé cuenta sola, cuando uno realmente es algo, la gente lo nota pronto.

Entonces, les comentaba que la sala de espera, en el área de psiquiatría del Mario Catarino, es una zona donde se puede conocer gente realmente interesante. Hace poco conocí a una chica que había perdido la memoria. No recordaba absolutamente nada y yo no recuerdo su nombre. Me pregunto por qué las personas que pierden la memoria no lo pierden todo, como empezar de nuevo, comenzar a aprender la lengua o los nombres de los colores. Sólo por poner un ejemplo, también hace un par de meses conocí un muchacho con bipolaridad. Hablar con él fue una de las charlas más interesantes que he tenido en mi vida. También conozco una niña esquizofrénica. Su madre me contó su historia y ella se veía feliz hablándole a sus amigos que nadie más podía ver; yo no digo imaginarios, simplemente creo que ese tipo de gente puede abrir otros portales y pueden ver gente de otras dimensiones que nosotros, por simplones, no logramos ver. Siguiendo con mi lista, me encontré con una esquizoide. Realmente con ella no hablé mucho, primero porque sentía que no me ponía atención, y luego porque ya era mi turno de pasar a consulta.

Cuando salgo de mis citas con el doctor, siempre me gusta ir a Galerías del Valle. El boulevard que te lleva ahí es uno de los más bonitos que tiene esta ciudad: al fondo se puede ver la Universidad Autónoma, que es donde yo, hace un año, estudiaba letras. Ahora, con la depresión y todo eso, sólo me siento bien cuando me paro aquí y pienso en saltar. 

Ya ha comenzado a oscurecer, intento cerrar los ojos y ser uno con la ciudad. Quiero oírla cantar, eso me calma, quiero sentir el olor de San Pedro, que es entre dulce y fuerte, como una fresa, o como el olor del melón, como un mango maduro, eso que se mezcla con el olor al progreso. Siento a San Pedro entrar en mis pulmones, me siento mejor, siento cómo recorre mis venas y sale por mis ojos, que aún siguen cerrados. Oigo cantar la ciudad, que es la voz de una soprano; escucho los violines, chelos, contrabajo y piano. Hablando de sopranos e instrumentos de orquesta, hace unos días fui al teatro Saybe, a ver una ópera. Había una soprano muy linda y me puse a pensar que en ella podía ver la ciudad. Cuando me  acerqué a ella sentí su olor dulce y contemplé su hermosura. No sé si es por ella que me imagino a San Pedro como una soprano, tal vez sí, porque cuando digo que San Pedro es una soprano, efímeramente se cruza la imagen de ella por mi cabeza.

Pero dejando eso a un lado, les decía que estar aquí con los ojos cerrados cuando la noche cae, es el momento más delicioso que pueden pasar si algún día vienen a San Pedro. La ciudad, aunque tenga un aroma dulce, tiene un sabor distinto, que es como si se comiera un buen corte de carne, como si fuera una parrillada. Hablando de parrilladas, la última vez que mi familia vino a San Pedro, después de haberse ido para la otra ciudad, mis hermanos hicieron una parrillada. Mi hermana menor, que se llama Xiomara, me rogó que la dejara quedarse conmigo. Yo sé que realmente por lo que quería quedarse es porque extraña mucho a un cipote que es su novio. No sé qué le ve Xiomara. Ella siempre fue halagada por todos en el barrio, y aunque soy hombre, he de admitir que muchos de sus pretendientes eran muy bien parecidos, pero ella se quedó con un flaco, de piel no muy bien bronceada, por no decir quemada y percudida; su cara tampoco ayudaba, y a mí no me agradaba, así que le dije a mi hermana que no podía quedarse. Recuerdo que me miró con furia y se fue a llorar. Cuando mis otros hermanos nos llamaron para comer, todos nos reunimos en el patio de la casa. Mi hermano mayor, Ernesto, se levantó la camisa y me mostró el nuevo tatuaje que se había hecho. Yo le dije que muy pronto no iba a tener más piel donde tatuarse. Él me dijo que yo era un cipote muy aguafiestas. Mi madre, por otra parte, estuvo insistiendo para que me fuera con ellos, pero aunque el clima allá es mejor, yo tengo lazos con San Pedro. Recordé la 3era Ave., grande, con gente caminando de un lado a otro, entrando y saliendo de las tiendas; recordé la estación del ferrocarril y Circunvalación, una de mis calles favoritas, y entonces, cuando uno piensa en esos lugares, se da cuenta de que sería inútil que mi madre me insistiera tanto.
También, entre tantos temas que tocamos esa tarde, mi madre me preguntó por las pastillas. Yo disimulé y le contesté que sí me las estaba tomando, y luego cambié de tema. Les pregunté a mis hermanos si habían visto las nuevas remodelaciones de la terminal de buses. Todos comenzaron a emitir juicios sobre la terminal, y en resumen, a todos les había encantado.

Uno de mis hermanos hizo el comentario de que yo tenía una pequeña obsesión por San Pedro Sula, a lo cual yo sólo me reí y dije: “Es que no conozco otra ciudad”. No le iba a revelar que la obsesión tan extraña que tengo con esta ciudad, llega al punto de verla como una soprano; eso es extraño. Mi hermano respondió que si no conozco otra ciudad es porque no soporto más de una semana lejos de aquí, y mi madre volvió a insistir en que me fuera con ellos. Yo realmente me comenzaba a fastidiar, si ellos querían vivir allá, está bien, pero si yo quiero vivir aquí, eso también deberían respetarlo. Xiomara, como estaba molesta conmigo, le dijo a mi madre que dejara de insistir, que yo era un hijo de puta obstinado. Mi madre le llamó muy fuerte la atención por usar esa frase. Yo me le quedé viendo y le sonreí, tras lo cual ella se fue llorando para adentro de la casa. Xiomara llora mucho cuando no se le deja hacer lo que ella quiere.

Mi hermano Julio es el más inteligente de los cinco, y eso ninguno de nosotros lo podemos negar. Cuando vamos a alardear de inteligencia, siempre decimos “después de Julio, yo soy el más inteligente”. Bueno, Julio me comentó que él también estaba pensando seriamente en volver a San Pedro. Yo siempre sospeché que fue por su influencia que me obsesioné con la ciudad. Cuando Xiomara oyó a Julio decir eso, salió de la casa, secándose las lágrimas y pidiéndole a mi madre que la dejara venirse con Julio. Mario, que es el segundo hijo de mi madre, se levantó y le dijo a Xiomara que dejara de molestar, que ella debía ayudar a mi madre, ya que era una señora de mucha edad. Mario, aunque no es el mayor, es siempre el más serio y maduro; casi nunca habla, pero cuando lo hace, usted se da cuenta que no habla en vano. Yo, por mi parte, me sentí bien con la idea de tener a Julio en casa. Aún recuerdo los días en que Julio me llevaba al parque de San Pedro y yo corría hacia la fuente, y luego caminábamos por la calle peatonal y él me compraba un helado de chocolate, siempre de chocolate. Otras veces me llevaba a caminar a la colonia Juan Lindo. Allí tenía una novia, que fue tal vez la mujer de su vida, pero un día, por robarle el auto, le dieron un disparo y falleció. Julio no volvió a tener novia durante dos años, hasta que conoció a una ceibeña llamada Cristy, que era linda, pero a Julio no se le notaba aquella alegría de cuando estaba con Karla. Pero eso pasó hace mucho, ya ni Karla ni Cristy importan.

Yo una vez estuve enamorado de mi profesora de inglés, pero era un amor platónico, no tenía lugar en el mundo tangible. Además, apenas tenía quince años y ella unos 30. Venía de Choloma a dar clases. Una vez fui a su casa, mi madre le pagaba horas extra para que yo aprendiera inglés. Mis cuatro hermanos, desde pequeños, hablan perfecto el inglés y a mí me cuesta mucho. Entonces, les contaba de cuando fui a visitar a mi maestra. El Boulevard del Norte, que es el que va hacia la salida a Choloma, es uno de los mejores, tal vez por eso me gusta tanto ir a Galerías del Valle, porque me gusta todo lo que va más al norte; me gusta la fuente que hay por allí, la cual se parece a la fuente del Monumento a la Madre. Bien, no divago más. Fui a la casa de la maestra, ahora no recuerdo su nombre, o sí lo recuerdo pero no lo quiero mencionar, ella me sirvió agua cuando llegamos y se disculpó por tener que darme la clase en su casa. No recuerdo por qué tuvimos esa clase en su casa, pero luego de esa vez nunca volví allí, a pesar de lo cual a veces me gustaba tomar un bus hacia Choloma e imaginar que iba para allá, aunque siempre me bajaba en la Fesitranh y luego tomaba otro bus que me llevara a mi casa. Lo único bueno es que disfrutaba todo el recorrido por el Boulevard del Norte.

Eran buenos tiempos, la ciudad aún era virgen para mí, había tantos lugares que no había visitado en San Pedro. También recuerdo un día que me escapé del colegio con unos amigos. Ellos iban a fumar lejos. Caminamos por la calle que pasa por el colegio Cultural Sampedrano y unas cuantas calles más arriba, encontramos una pulpería, donde mis amigos encendieron los cigarros. A mí me parecía estúpido caminar tanto sólo para fumar, pero siempre los acompañaba porque justo en esa parte oía el corazón de la ciudad; no sabía dónde estaba, pero me conformaba con oírlo, porque eso significaba que la ciudad estaba viva y me estaba llamando. Entonces cerré los ojos para oír mejor y caminé con los ojos cerrados como si fuera un ciego, cuando oí un grito de uno de mis amigos:

-¡Quitate pendejo, que te va a matar un carro!

Abrí los ojos y me descubrí cruzando la calle; y aunque oía mejor el corazón con los ojos cerrados, eso era un problema, porque mi amigo tenía razón, yo no podía caminar por la ciudad con los ojos cerrados.

Pero esas historias son de hace tiempo. Ahora estoy en uno de los edificios más altos de San Pedro, tengo los ojos cerrados y, como les dije antes, siento la cuidad dentro de mí, me recorre la sangre y no puedo pensar en nada más que sólo en la ciudad; es como si la ciudad me poseyera y no quiero resistirme, la dejo entrar por mi olfato, por mi oído, por mi gusto, por el tacto y por la vista, aunque tenga los ojos cerrados, la dejo entrar hasta mi mente, y puedo oír que la ciudad me consuela, me dice que no la manche con sangre, y yo sólo le respondo que aún no decido si saltar o no.

Cada vez que vengo hasta aquí es lo mismo, no sé cómo, pero la ciudad, mi soprano, logra convencerme de no saltar, y yo siempre cedo, aunque esta vez tal vez sí salte. Oigo a la soprano y se me cruza por la mente el Boulevard del Sur, que también es hermoso, aunque un poco vacío. Abro los ojos y veo que ya es de noche, y pienso que tal vez la ciudad, cegada por la oscuridad, no vea cuando salte, y así no pueda evitarlo. No estoy seguro de saltar, aún no me he decidido, pero todo esto que conté no importa, así que empezaré de nuevo:

Me llamo Jorge Luis, estoy parado en la cima de uno de los edificios más grandes de San Pedro Sula, decidiendo si salto o no.

Victoria Rivera

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